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ArtCover por Javier Valdés Pons

Por Ana Sotolongo

Cumples 16, y tu carta de presentación deja de ser un minilibrito rojo, se convierte en una lámina plastificada con tu biometría expuesta y datos que no vienen al caso. Sin él, eres aún menos que polvo sideral, ni alineado estas así con el sistema galáctico que mueve y fija la ruta hasta ser un epitafio más, o solo tierra en un punto pesimista.

Está de más negar que esclavos somos: del tiempo; de las leyes que, siguiéndolas o no, se adentran y nos queman la carne; de la vida que no elegimos; de filosofías ajenas y, por ende, de un señor que pronto les presentaré. Como tales, llegamos a esta edad porque es parte de un viaje con rumbo indefinido para cada viajero. ¿Quién sabe?, tal vez alguien pueda definirlo; quizás un ente al que ya muchos le han dado un nombre, pero que ha resultado en un sustantivo con mil variaciones morfológicas y semánticas que se quedan en el limbo del misterio.

El asunto es que en este punto de nuestra vida, y dejando ya de divagar, necesitamos, queridos lectores, al susodicho que antes pedíamos prestado a la prima o al primo mayor para entrar en el bar de moda. Sí, ese mismo, por nombre y apellido, carné de identidad.

Compartan o no mi experiencia, disfrútenla, si no es mucho pedirles, como un breve cuento para no dormir.

Había una vez un montón de personas fuera de la oficina de trámites. ¿Que estoy siendo imprecisa? Pues sí, al parecer no coló mi inicio al estilo de Charles Perrault. Vamos de nuevo.

Había siempre un montón de personas fuera de la oficina de trámites. ¿Mejor ahora? Seguimos entonces. La cola arrastraba madrugadores, sudor, vientos agrios, ojos retorcidos, un poco de todo para no variar: como en aquel temazo de Moneda Dura, mucha mala leche.

Las colas están insertadas como todos saben en el “to be” de los cubanos, y como es lógico, su extensión siempre será directamente proporcional a la calidad del producto y en sentido inverso a la poca frecuencia con que se vea. Insertados en nuestra jerga, se hallan las expresiones como “estoy rotando”, “la señora del pañuelo en la cabeza está formando lío”, “conmigo vienen dos más”, y así pudiese publicar un glosario, como se dice, 99% diseño cubano.

Volviendo a mi carné, contarles quiero que aquella oficina de trámites estaba camuflajeada de terminal, ese era el quid de la cuestión. Una vez superada la mala leche de afuera, llegué al local donde la cola se extendía pero en una mejor versión, con sillas, algo más de fresquito y hasta un mural en el que fijé mi vista. En letras rojas ‒las sentí como una transfusión sanguínea‒ se mostraba un slogan con horrible tipografía: Soy quien digo ser. Acto seguido, mi risa fue inevitable, nunca dejaré de sentir el peso de las ironías que nos corresponde enfrentar. ¿Quién está exento de juicios errados, ajenos o propios? ¿Quién es realmente quien dice ser?

Después de una foto que quisiera enterrar, y de inventar en microsegundos un garabato (alias firma), solo quedaba el registro oficial. A mi alrededor veía caras con poros abiertos emanando estrés, el día a día del que muere en la calle o en la oficina siguiéndole la pista a una rutina sin sentido.

Ahora, una semana de espera, como si fuera un recurso renovable; luego, pues nada, algo más que guardar en la cartera, otra cosa que perder o conservar, porque como enseña esta historia, nos acecha un maquiavélico señor. ¿Lo reconocen no? Es así, amigos lectores, llámenlo como yo: to be or not to be.

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