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ArtCover por Ahmed Pérez Núñez

Por Ena Massip

¿Tú no entiendes que con ese filtro de pecas falsas y demasiada saturación pareces un payaso? Mija, tienes que parar, usas y abusas de los filtros sin compasión. Pero no es culpa tuya. La culpa, la maldita culpa, no la tiene nadie. Mejor dicho, la culpa en este caso es subjetiva. ¿Qué hacer entonces? ¿Endilgársela a una generación entera?

Una foto de perfil en la que luzcas borrosa por tantos efectos, equivale para mí al sello de “eres fea muy fea o plástica”; y una vez leí una descripción por Truman Capote que decía: “Era la fealdad derrotada, que suele ser mucho más cautivadora que la verdadera belleza, aunque solo sea por la paradoja que lleva consigo”. Así que me quedo con “eres plástica o eres plástica”.

No sé por qué vengo esgrimiendo ante ustedes mi repulsión total hacia las foticos trucadas, si por ahí debe estar extraviada alguna mía (¡ay diosito, que no la encuentren!) con Candy Camera de la secundaria. Pero leí de Isabel Allende que “a veces para exorcizar los demonios de un recuerdo es necesario contarlo como un cuento”, y como ni con la limpieza del santero de la cuadra, los condenados se dignan a desaparecer, voy a probar esto.

Cuando estaba en séptimo grado los últimos gritos (de auxilio imagino) de la fotografía para nosotros eran el Candy Camera, el Sweet Selfie, el Candy Selfie y todas las variantes ridículas de nombres que adoptaron esas apps, que marcaron nuestra adolescencia, no estoy segura si positivamente. Cada vez que nos tomábamos una foto era desde la aplicación, con su amplia gama de colores cheos y efectos de medio palo simulando lluvia o un tornado de corazones. Mucho después descubrí que, para colmo de pesares, la calidad del archivo empeoraba. Pero no importa, en esa época fuimos plenamente felices.

Hacia mitad de octavo, ya había renunciado a las fotos por completo, y comenzado a entender lo patéticos que nos veíamos con el Candy Selfie y su marca de agua. Pero mis compañeritos (víctimas también) recién instalaban una app llamada Snapchat.

Con esta aplicación, simulando las orejas de un perro, gato, y demás animalitos del zoo, surgieron algunos de los selfies más vergonzosos de internet. ¡Pero mira que se entretenían sacando la lengua en la pantalla para ver salir, a su vez, la del canino! Y dejo de hablar en primera persona, porque para el tiempo en que ellos conectaban con su animal interior, yo me había rendido con los pasos agigantados (y tardíos) del Internet en Cuba ‒tampoco mi mamá me dejaba usarlo, que conste‒ y me la pasaba sentada junto al ventanal del aula leyendo. (Insertar sticker de un gato llorando)

Quizás por eso eludí las fotos perrísimas que se tiraban en ese entonces, aunque sabía que todo podía ir peor. Y efectivamente lo fue.

A la altura de noveno grado, era tendencia en la secundaria tener cuenta en Instagram, y ya subían fotos ligeramente durakas algunos y sorprendentemente artísticas otros. Seguían usando filtros que les adherían manchas en la cara y los hacían lucir a todos parecidos e industrialmente bellos.

Para ese punto de la tragedia, me había distanciado tanto del tema, que me parecía extraño y nada atractivo andar con máscaras por las redes (tampoco tenía redes, créditos a la mami, jejeje).

Y llegué al pre, me abrí WhatsApp, entendí que no era para tanto y me reconcilié con la prohibición de mi mamá de no permitirme participar en el mundo virtual hasta que “adquiriera conciencia y tuviera edad”, porque ñeee, tenía algo de razón, y plus, me salvó de la epidemia de los filtros.

Hace poco hablé con una amiga muy bohemia y #natural y le pregunté por qué usaba filtros. Me dijo que no se lo había cuestionado antes, y cuando estaba lista para escuchar el típico “me hace sentir linda” o el “todos lo hacen” contestó: “Los filtros hoy en día son una de las tantas cosas que acarrean las redes sociales, y lo aceptes o no, forman parte activa de ellas”.

En ese momento entendí la clave del asunto. Y aunque me costó asimilarlo, es tan simple como que los adolescentes se identifican con esos tonos irreales y las mariposas, los perritos o la boca del gato de Cheshire.

Los filtros estaban cuando quisimos ocultar las marcas de la pubertad y tener los ojos claros. Estaban para acompañar nuestras ansias de ser clásicos, con sus matices blancos y negros. Y en pleno 2020 son la nueva forma de estética.

Ahora vienen un sinfín de fragmentos de Retrato en sepia a mi mente y recuerdo que la vida real no es color sepia y por consiguiente vendría a ser una especie de antecesor milenario del Candy Selfie. Pero ya me duele la cabeza y mejor no seguir, usen filtros con prudencia y nasobuco también.

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Revista Junior de cosas que te callas

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